Pongamos el ejemplo de Martina, una joven estudiante a la que le apasiona el deporte y compartir tiempo con sus amigos y amigas.
Cuando se levanta, lo primero que hace es darse una ducha y vestirse, mientras escucha sus canciones favoritas en una lista de reproducción personalizada dentro de una aplicación online de música. Más tarde, coge la comida que preparó la noche anterior -una receta que, buceando por Internet, le llamó la atención- y sale hacia la Universidad con cierta prisa, ya que la aplicación de transporte público le notifica en su reloj inteligente que el próximo autobús pasará en 8 minutos.
Después de sus clases, va al gimnasio: para acceder, simplemente tiene que pagar con verificación de edad selectiva y ya puede realizar la tabla de ejercicios que, su entrenador personal, le envía cada día a través del correo electrónico.
Sin embargo, hoy la finaliza antes de tiempo, ya que después ha quedado con Javier y María en un nuevo restaurante que han abierto cerca de su casa y que descubrieron a través de las redes sociales.
Después de pasar un buen rato, María paga el importe de las consumiciones gracias a la tarjeta virtual que tiene en su monedero electrónico. Javier y Martina le harán un pago instantáneo con la cantidad que les corresponde. Para ello, seleccionará en su teléfono móvil un método de envío de dinero como Bizum, CoDi o Paym, en función de los disponibles en su geografía y entidad; y confirmar la operación. En este caso, ambos usan la huella biométrica.
La biometría cobra cada vez más importancia dadas las crecientes amenazas a las que se ven expuestos las personas usuarias. Los y las ciberdelincuentes, entre otros objetivos, buscan suplantar la identidad de las personas para fines ilícitos. Por eso, organizaciones públicas y privadas, centran sus esfuerzos en proteger sus sistemas, personas usuarias y empleadas de la mejor manera posible.